Decisión tomada


Estudias primaria, pasas a secundaría, y finalmente en Bachillerato ves de que va esto: si quiero hacer algo con mi vida tengo que estudiar una carrera.

Eso han prometido a mi generación, estudia una carrera y tendrás la vida resuelta. Y cual borregos trás una vida que parece alcanzable nos encaminamos hacía la universidad, tan diferente de los centros educativos que conocemos hasta ahora.

Pero: ¿Qué quiero estudiar? Gran pregunta para la cual todos tienen un consejo. Los más prácticos dirán que algo aplicado, que te de acceso a un buen trabajo. Los más académicos dirán que lo que a ti te guste, que lo importante es el conocimiento. Y con toda esta información ambigua adolescentes de 18 años con hormonas revolucionadas se embarcan en lo que creen que es la decisión más importante de sus vidas.

Nada más lejos de la realidad. Te das cuenta de que la decisión nunca es definitiva, que puedes cambiar de carrera si no lo ves claro y que el rumbo que marcas es una prueba, una de las tantas que tendrás que hacer antes de que tu rumbo sea claro y definido.

Pocos afortunados han acertado en su carrera de primeras y ella le ha dado acceso a un trabajo que les ha llenado laboral y personalmente tanto que no han debido virar el rumbo de su camino original.

En mi caso fui de las que escogí la carrera que le gustaba, sabia que era persona de ciencias y así escogí la carrera más afín que estaba disponible en ese momento: Biología.

Tras mucho esfuerzo terminas tu carrera y tu país entra en una crisis económica gravísima, la crisis del ladrillo, que hace que el futuro "fácil" que te prometieron se desvanezca: No hay trabajo. Entras otra vez en el pozo de indecisión, !¿Que hago ahora?!.

Llegados a este punto la gente suele optar por seguir formándose, guiados de la misma forma que antaño. Lejos de tener claro lo que quería hacer y sin tener ganas de seguir estudiando, pasé años de trabajos inestables y poco cualificados hasta que tomé una decisión: Estudiar un máster que me de acceso a un trabajo mejor.

Y así estudié un máster que me permitió acceder a trabajos más cualificados en la industria alimentaria.

Parecía que todo estaba bien, que el rumbo era el correcto. Buen sueldo, trabajo interesante, pero algo fallaba...No voy a mentir, el rechine de la docencia siempre ha estado a mi lado, pero nunca como una opción viable. El enfrentarme a una oposición hacía que no me sintiera capaz y optara por quedarme en mi posición.

No sabría decir que cambió, mi estado en el sector privado y mis experiencias laborales me empujaban a tomar una decisión de vital importancia. Y así, con 35 años en medio de una pandemia mundial y con dos hijas pero más empoderada que nunca tomé la decisión. ¡Quiero probar esto de la docencia!

Quién sabe si será otro de las pruebas que llevamos a cabo en nuestra vida o si es la definitiva. Solo se, que quiero intentarlo. 

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